Abel

Se había parado a mirar su reflejo en el acuario en busca de la mancha que ella le había señalado para que se limpiara. Parece que ya estaba, un toquecito más al flequillo... "bueno, no está tan mal, caray, estoy hecho un pincel"- pensó con buen humor.

Antes de retirarse de allí para unirse a los demás enfocó un instante más allá de su imagen, y entonces lo vio. Bajo un agua verdosa varios centollos abrían y cerraban sus extrañas bocas, ajenos al significado de su exposición en la entrada de aquel restaurante y, por ende, al futuro poco prometedor que les esperaba.

Él reparó en uno de ellos que, tumbado panza arriba, movía incesantemente todas sus patas en un intento desesperado y, presumía, bastante inútil de darse la vuelta y alcanzar así la tranquilidad y la estabilidad bobalicona de sus compañeros de urna. La mala suerte le había llevado a esa incómoda situación y él luchaba sin descanso para conseguir volver a estar como los demás, como debía ser, como entendía que estaría bien.
Se paró para mirarlo un par de minutos, al cabo de los cuales llegó a sentir una gran empatía con el bicho en cuestión, con su esfuerzo infructuoso, su cansancio, su empeño, su esperanza de conseguirlo, su impotencia para lograrlo... Entonces cayó en la cuenta de que, muy probablemente, no lo lograría nunca porque, antes de poder hacerlo, llegaría la mano sin piedad del cocinero y sus quebrantos acabarían en el mismo momento y del mismo modo que sus días: cruelmente ahogados en una cazuela de agua hirviendo.

Mientras se marchaba, no pudo evitar una última mirada compasiva y una mueca de tristeza nubló su gesto.
-Qué terrible metáfora de la vida - dijo mientras se unía al grupo. Pero, claro, nadie le entendió.

Comentarios

Gemma ha dicho que…
Me ha recordado vagamente a un cuento fantástico de Julio Cortázar que igual conoces: "Axolotl" (ajolote en quechua, creo).

Relata cómo el narrador se va a un acuario y se queda fascinado ante un pez que lo mira fijamente desde el otro lado, hasta que de forma misteriosa se produce un intercambio de identidades; de modo que el narrador pasa a ser el pequeño pez atrapado en el acuario, con toda la carga de angustia que ello conlleva, mientras que el narrador-pez ha podido liberarse y se aleja dejándolo allí para siempre.

En el fondo, se trata de un cuento de terror. ;-)
Rocío Rico ha dicho que…
No, no lo he leído, pero suena muy bien... y realmente terrorífico, sobre todo para alguien que sea capaz de empatizar de verdad con los protagonistas ¿no crees?
Rocío Rico ha dicho que…
Estoy pensando que Cortázar mejor hubiese elegido un centollo...
El hombre convertido en animal entiendo que conserva su propia mente de ser humano, con lo cual el verdadero horror del cuento es que, siendo en mente una persona, se vea encerrado en ese cuerpo de pez metido en una pecera.
Pues bien, imagínate acabar convertido en un centollo en la pecera de un restaurante, sabiendo precisamente el dato que ignoran esos bichos: porqué están ahí, para qué, y lo cercano que está ese fin.

Como en la vida misma, seguramente si conociéramos las respuestas nuestra existencia pasaría a ser un cuento de terror.
Gemma ha dicho que…
¿Un centollo? Jajajaja.
Hablo siempre de memoria, claro, pero me parece recordar que la habilidad de Cortázar consistía en ofrecer el relato de la transformación desde una objetividad descriptiva pasmosa; de modo que la pura descripción objetiva del fenómeno era lo que te llevaba a la conclusión del cambio, provocando (esa misma asepsia) verdadero terror.

En realidad, tú como lector veías que, sin más, se había producido un cambio espantoso, pero ese resultado era fruto de tus conclusiones...

O un cuento tragicómico...
Rocío Rico ha dicho que…
Lo encontré: Axolotl

El hombre convertido en pez coincide conmigo en que su verdadera tortura consistía en mantener su pensamiento de hombre y así SABER.

Realmente la ignorancia es, muchas veces, muy feliz.
Gemma ha dicho que…
Pero que muy eficiente, Leg. ;-)

Toda la razón: el cuento insinúa que, en principio, el terror se enconde en el hecho de ser otro (un pez, en este caso) con una mente ajena (humana, aquí). Pero como el mismo "pez" reconoce después de su transformación:

"El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.".

Según esto, la pirueta de Cortázar es doble porque no se queda en un simple cuento de terror (que sería el efecto inicial), sino que va más allá (trasciende el género para pasar a ser un cuento fantástico) al relatar un caso de reconocimiento de la verdadera identidad. El narrador acaba siendo pez porque lo era sin que él fuera consciente antes. Una vez ha transmigrado su alma al pez, el narrador desustanciado ya es un hombre vulgar y corriente como los demás; mientras que el pez consciente está más cerca del resto de axolotls: comparte su misma alma.

Vale, pues, por hoy. Besos
;-)
Rocío Rico ha dicho que…
Eso ha sido un comentario de texto en toda regla.

;-)

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