jueves, 2 de marzo de 2017

No te enamores

No te enamores de un hombre que lee, de un hombre que sabe sentir, de un hombre que sabe amar…
No te enamores de un hombre culto, inteligente, divertido, apasionado.
No te enamores de un hombre que piensa por sí mismo, que siente pasión por aprender y también sabe dejarse llevar; un hombre que conoce y que duda hasta de sí mismo, un hombre que sabe callar y también entender tus silencios.
No te enamores de un hombre que se estremece con un beso, que sabe emocionarse con una caricia, y transforma su dulzura en fuego cuando te tiene entre sus brazos.
No te enamores de un hombre sensible, risueño, alegre, y mucho menos de uno que ame la poesía, que sepa admirar el arte, que te regale versos y canciones de amor, que entienda al momento lo que dices cuando hablas de ti.
No te enamores de un hombre que crea en la Justicia, y que sea luchador y se proponga trabajar para conseguirla. Uno a quien le guste mucho el deporte y el cine y muy poco la televisión. Ni de un hombre que es atractivo sin importar las características de su cara y su cuerpo. Ni de un hombre con mil historias apasionantes que contar. Ni de uno inmensamente generoso.
No te enamores de un hombre intenso, interesante, travieso, soñador, caballero y respetuoso.
No quieras enamorarte de un hombre así.
Porque cuando te enamoras de un hombre como ese, se quede él contigo o no, termine como termine vuestra historia, de él, de un hombre así, JAMÁS se regresa.


(mi versión masculina del "No te enamores" de Martha Rivera-Garrido)

Tú y yo

Ayer encontré una foto tuya en el fondo de un cajón. No salía tu cara, pero habría reconocido ese torso desnudo entre diez mil, y, de repente y como a traición, me llegó tu olor.
Era invierno, y tú y yo jugábamos a hacernos los inocentes, mintiéndonos una y otra vez a nosotros mismos y creyéndonos siempre a pies juntillas nuestras propias mentiras. Fue sin querer. No sabíamos. No nos dimos ni cuenta. Cómo íbamos a imaginar… Y enseguida estábamos irremisiblemente juntos, y ya ni siquiera luchábamos contra ello, como quien alguna vez lo ha intentado infructuosamente y desiste por cansancio.
Pero yo no recuerdo luchar, al menos no contra ti, al menos no fuera de los combates cuerpo a cuerpo sin reglas ni posibilidad de rendición que se extendían durante horas en un cuarto en penumbra.
Yo recuerdo que me mirabas muchas veces a los ojos y te hundías en ellos, y cuando conseguías sacar la cabeza para respirar me decías conmovido que me querías, y jamás me reprochaste que yo no contestase, y entonces, todas las veces, cada vez, mi corazón se volvía un poco más blandito, y yo pensaba que mi cabeza reposaba medio dormida sobre el pecho cálido de un extraterrestre, porque en este mundo definitivamente no había nadie así.
Y recuerdo los desayunos pausados, las comidas a toda prisa, los viajes como pequeñas huidas con triste retorno, las ausencias, el miedo, la soledad, tu compañía, los ahora, y siempre sólo tú y yo. Y lo demás importa poco. Muy poco. Lo justo.
Me quedé mirando aquella imagen en blanco y negro, esas manos generosas, ese cuerpo más mío que tuyo al final, y no pude evitar decir en un susurro:
- ¿Te he dicho ya que te quiero?... ¿No?... Lo haré.

Ángel

Hay noches que te asoman a un balcón que da al pasado. En las que algo que hay en ti que te conoce bien por dentro, sabe que necesitas un abrazo de tu abuelo y, cual infalible Celestina de tus deseos, te lo pone delante, tierno, sonriente, amado, y, sobre todo y más importante, al fin presente.

Y ahí está, con su traje de vestir con chaleco a juego, con sus camisas suaves de cuello tieso, con sus manos arrugadas y su enorme sello en el dedo corazón, con su impecable afeitado y su olor a after shave, con su pañuelo de tela bordado y la pequeña funda con las gafas de ver de cerca en el bolsillo interior.

Y te mira, y le miras, y de inmediato te invade una alegría intensa y unas enormes ganas de llorar en sus brazos, y de que te llame por tu nombre, y te haga cosquillas, y te cuente un chiste que ya has oído mil veces y que aún te hace reír. Y lo haces, porque en el fondo sabes que es un sueño y que no durará mucho, así que no hay tiempo que perder, abuelo, qué alegría de verte, cuánto te quiero, y cuánto te he echado de menos.

martes, 21 de febrero de 2017

Está pasando

A veces veo un folio en blanco, como una vasta llanura de nieve sin pisar, y es como si sonara una feroz alarma de incendios dentro de mi cabeza y toda su superpoblación de pensamientos, ideas, sentimientos, reflexiones, incluso algún impulso y algún deseo despistados que pasaban por allí, desoyendo todos los protocolos organizados de los ensayos anti-incendios, se agolparan, histéricos, taponando la salida. Entonces no sale ninguno, nada, mis manos se quedan quietas sobre el teclado y mis ojos se pierden en la blancura, desenfocados, pero en mi interior todos gritan y se pisotean unos a otros, presas de un pánico absurdo que hará que muy probablemente acaben todos perdiendo la consciencia y, por ende, la maravillosa y efímera oportunidad de salir por fin al mundo exterior.
De uno en uno, por favor. Mantengan la calma y abandonen el recinto ordenadamente.
Nada. No escuchan. Moriremos todos.

viernes, 3 de febrero de 2017

Rocío

Cuando encontramos al animal un sólo vistazo nos dejó claro que su historia había sido una pesadilla de dolores, traiciones y miedos. Tenía una pata coja, varias calvas de pelo a lo largo de su cuerpo, y una oreja inmóvil; además de eso, estaba tan flaco que su manto atigrado sin brillo se pegaba a sus huesos enseñando claramente cada una de sus costillas, y llevaba colgando del collar de pinchos de castigo una gruesa cadena como prueba definitiva de que su soledad había sido realmente escogida, además de su verdadera garantía de seguir con vida. Pero lo que más me impresionó fue su mirada. Aquellos ojos te miraban y te hablaban, te decían que había sufrido mucho, te pedían por favor que no le hicieses más daño, te contaban la de noches, días eternos, que habían pasado frente a él sin conseguir entender ningún por qué, aquellos ojos eran los de alguien que había vivido mucho, y había perdido muchas veces las ganas de vivir.
Lógicamente recelaba mucho de nosotros, así que no se acercó hasta que le ofrecimos un buen trozo de carne, y su estómago le gritó que merecía la pena el riesgo. Una vez cerca, no fue fácil ganarse su confianza. Las manos humanas eran para él armas peligrosas, y reaccionaba ante su visión como cualquiera de nosotros reaccionaría si fuera encañonado por un rifle. Demostrarle con hechos que mis manos eran una fuente de amor y no de odio me llevó casi una semana, pero no olvidaré jamás el día que por fin pude tocar con mis dedos su piel seca y rala, y en sus ojos temerosos pude ver que acababa de descubrir lo que era una caricia.
Como era de esperar, después de un momento de desconcierto, pidió más, y por primera vez desde que yo le conocía movió su cola confirmando que aquello era lo que quería para el resto de su vida.

El resto de su vida le bastó para entender que yo había sido un día como él.

miércoles, 4 de enero de 2017

Elena

En aquella época yo siempre bajaba por la cuesta cuando empezaba a caer la noche.
Iba de puntillas, intentando no hacer ruido sobre la gravilla para que tu padre no se percatara de mi presencia y no te mandase entrar en casa. Para que no me echase aquella mirada retadora que tantas veces imaginé borrar de su cara, con alguna especie de superpoder, eso sí, porque estaba claro que mi enclenque cuerpo adolescente nada podría hacer frente a uno sólo de los brazos de aquel hosco hombre del campo que custodiaba los tesoros de su casa poniendo a dos patas una vieja silla de madera maciza y con sus inmensas botas cruzadas sobre la barandilla del porche.
Yo bajaba de puntillas, canturreando alguna canción de Springsteen, con mis playeros de tela y una hierba larga colgando de la comisura de mis labios, empezando ya a notar en la distancia tus besos con sabor a chicle de fresa y el intenso olor a cloro de la piscina de la piel de tus hombros y tu cuello.
Yo bajaba volando con las alas que me daba saber que estabas allí, y tú me esperabas en el camino de detrás de tu casa, entre los setos que ocultaban el inmenso jardín a los ojos curiosos de los paseantes, y yo me abalanzaba sobre ti sin ser jamás capaz de cumplir mi eterna promesa de acercarme despacio, mirarte como haría Steve McQueen, y recoger tu cuerpo casi desmayado de emoción entre mis brazos para darte un largo y profundo beso en los labios. En lugar de eso llegaba tropezando por el ímpetu de mi inexperiencia y te cubría de besos torpes y húmedos, y te pisaba los pies sin querer y te deshacía la coleta, y luego teníamos que pasarnos media hora entre risas buscando a tientas un prendedor o un lazo del pelo para que no delatase nuestro encuentro furtivo.
Sí, me volvía torpe, muy torpe, pero luego guardaba en mi memoria cada beso, cada mirada, cada suspiro, y al recuperarlos al día siguiente siempre se volvían tiernos, pausados, lentos, y maravillosamente largos, y mis manos olían durante mucho rato al cloro de tu piscina, y mis labios saboreaban durante horas tus chicles de fresa ácida, y yo volvía a casa contento, con las manos en los bolsillos, relamiéndome una y otra vez mientras sonreía de medio lado al recuerdo de la cara de tu padre mirándome en el porche de tu casa.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Té, con una nube

Puedes pasar si quieres, la puerta está cerrada siempre pero te he dejado una llave bajo el felpudo para cuando quieras entrar. No se lo digas a nadie, no suelo hacerlo a menudo y habría quién podría llegar a ofenderse.
Antes tenía siempre abierto. Mi casa estaba permanentemente de par en par, y cualquiera que pasaba por delante podía curiosear desde fuera y entrar en cualquier momento, hasta la cocina, como se suele decir. Pero me cansé de visitas indeseadas e indeseables, de personas ociosas que entendían mi ofrecimiento como una diversión a su completo antojo, de seres absurdos que se excedían en su confianza y llegaban incluso a faltar al respeto a esta humilde y bienintencionada aprendiz de anfitriona.
Entonces decidí comprar un cerrojo, y dos, y tres. Y me di cuenta que el ser humano es extraño, porque valora mucho más aquellas cosas a las que no puede acceder, lo que le es negado o prohibido. Un hombre pasa de largo con desprecio ante una puerta abierta, y se detiene con verdadero interés o deseo si encuentra una cerradura atrancada, una valla con candado, un cartel de prohibido el paso.
Reconozco que, cansada de las tropelías de mi época de puertas abiertas, llegué alguna vez, sólo por diversión, a preguntar a algún visitante a través de la escueta mirilla con acento misterioso cuál era la contraseña para poder entrar. Cierto, no existía tal contraseña, y no me avergonzaba como hubiera debido tener al pobre incauto al otro lado intentando acertar con la clave, con el corazón en un puño y aquellos brillantes ojillos de cordero degollado.
Pero a ti te he dejado una llave bajo el felpudo.
He ido al cerrajero y he hecho una copia con tu nombre, con la ilusionada desconfianza de quien extiende una mano temblorosa para acariciar a un cachorro de tigre. La puse ahí, bien escondida, sólo para ti, y me senté en la cocina a tomar una taza de té, con la cabeza apoyada sobre el puño semicerrado y los ojos perdidos en la escayola del techo, mientras imaginaba toda clase de consecuencias desastrosas a mi amable y confiado gesto.
Puede que no vengas, que una vez que sepas que tienes la llave pierdas el interés y prefieras hacer cosas más interesantes, como hacer sopas tirando piedrecitas en el río, y yo me dé cuenta de que el tiempo pasa aquí en mi cocina, con la cabeza apoyada sobre el puño semicerrado y mi taza de té, sin que aparezcas, y en tu lugar venga a instalarse, de vacaciones, mi vieja amiga la desilusión.
O peor, puede que vengas, y te tomes confianzas que no te he dado, y entres y salgas, y pongas las botas llenas de barro sobre la mesa, y te limpies la nariz con el mantel, y hables a voces mientras leo, y te vayas cuando te plazca sin darme explicaciones, y me contestes con desdén que he sido yo la que te invité si se me ocurre un día intentar hablar contigo del problema.
Pero en la vida todo son riesgos, todo es saltar sin saber qué te espera al otro lado, sin saber siquiera si realmente hay agua en la piscina. Y, a pesar de las cicatrices, yo soy una jugadora nata, y además con cierta tendencia al órdago, aunque sea de farol; y te confieso que en el fondo me divierto lamiéndome las heridas, y he de reconocer que le he cogido el punto a mi amiga la desilusión, que, si la conoces bien, es una cachonda y acabamos siempre de risas.
Así que ayer eché unos euromillones, y hoy he dejado una copia de mi llave con tu nombre bajo el felpudo.
Y aquí estoy, tomando el té.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Jesús

Tenía unas manos grandes y fuertes, con la piel morena y curtida, un poco arrugadas por el paso del tiempo pero con ese matiz que diferencia la solera de la vejez. Tenía unas manos bellas, que eran martillo si hacía falta y a la vez suave pluma siempre sobre su piel. Unas manos bailarinas, juguetonas, temblorosas, precisas, presumidas, protectoras, torpes. Tenía unas manos como dos regalos para ella, como la humilde ofrenda que cada día depositaba al pie de su altar, como el detalle de bienvenida que ella encontraba cada noche sobre su almohada. Tenía unas manos generosas que no le importaba ofrecer, porque sabía que, a cambio, llevaba cada día los labios tiernos de ella grabados sobre su piel.

martes, 29 de noviembre de 2016

Martín

Muchas noches había yo pasado columpiándome en la resbaladiza curva que se formaba bajo su espalda, cobijada por una constelación de lunares, protegida por unos brazos amorosos y abruptos como troncos de baobab.
Muchos días había sufrido sus silencios, sus jodidas ausencias, sus cantos de sirena navegando sobre mares de sábanas frías y maldita soledad.
Muchos días, muchas noches y muchas lágrimas después, me pidió que no me fuese, y tras hacer mil cálculos imposibles y dibujar mil líneas sobre el mapa de sus manos, le respondí en un susurro que ya era tarde, que ya estábamos a 70.523 kilómetros del último beso de despedida que me supo a algo en su portal.

martes, 15 de noviembre de 2016

Pequeño cuento de terror

Todavía seguía agazapada en un rincón cuando la tormenta cesaba y el cielo volvía a ser del color de sus vaqueros desgastados. En el pueblo los truenos resonaban como estallidos aterradores de bombas, y los relámpagos iluminaban por instantes los árboles del jardín haciéndolos parecer enormes figuras demoníacas. La luz de la vieja casa siempre se iba, y pasar la tarde iluminada sólo por una vela le hacía regresar a tiempos antiguos y, aunque se esforzase en ser valiente, ya se sentía irremediablemente inmersa en una oscura historia de Poe.

Aquel día no fue diferente, y el cielo se cubrió de pronto con un oscuro manto gris oscuro, casi negro, y cuando ella sintió el primer chisporroteo de la bombilla del salón, salió disparada a buscar la vela a la alacena con una honda mueca de fastidio. Tenía que ser valiente aquella vez, no podía ser que aún a su edad tuviese miedo como una cría, al fin y al cabo los truenos son sólo ruido, los rayos acaban todos en la punta de metal del campanario, y el señor Allan Poe no escribía más que cuentos.
"El miedo sólo está en mi mente" repetía una y otra vez, negándose esa vez a moverse de la silla desde la que hace sólo un rato disfrutaba tranquilamente de un buen rato de lectura. La vela construía una burbuja de luz amarillenta a su alrededor, pero ella sentía como cuchillas el frío de la oscuridad más absoluta a su espalda. Esa vez estaba firmemente decidida a quedarse allí sentada, a no buscar el refugio absurdo de la pared haciendo esquina sobre sus hombros, a no mirar cada poco hacia atrás como esperando ver alguna figura sobrenatural surgir de las sombras en el umbral de la puerta.
"El miedo sólo está en mi mente", casi gritó cuando el primer trueno le pareció retumbar con fuerza en la misma puerta de la casa, como si un enorme tanque de guerra hubiera arremetido contra ella.
"El miedo sólo está en mi mente", susurró como una letanía cuando sintió la espalda rígida por el terror al oír un ruido extraño por el pasillo, como de algo que se arrastraba lentamente sobre la madera sin pulir, como si su mente quisiera boicotear su gran esfuerzo de valentía aquella vez.
"El miedo sólo está en mi mente" dijo al fin en voz alta, decidida de una vez a matar esa imaginación enfermiza que le hacía sentir, casi jurar, que en ese momento había alguien bajo el marco de la puerta, detrás de ella, silencioso, oscuro, siniestro, disparando todas las alarmas de su cuerpo con su sigilosa presencia.
¡¡¡"El miedo sólo está en mi mente"!!! - Gritó.

Aquella vez el temporal duró toda la noche. Había llovido tanto que el pequeño puente de madera que daba acceso a la casa tardó unos días en ser reparado, y los vecinos, conmovidos, comentaron el suceso durante años, convirtiéndolo al final en leyenda. Aquella mujer solitaria se había suicidado en su salón una noche de tormenta. Jamás encontraron el arma, pero ellos sentenciaban siempre al terminar la historia "Se mató por el miedo. No se puede temer tanto a la tormenta".

viernes, 11 de noviembre de 2016

Norma

Que no le había contado al viento los secretos que a mí me dijo un día, esparciendo susurros con lágrimas y besos por el colchón, bajo la luz rayada de la colcha de la abuela Monse. Por eso me sentí único y especial, y desde ese día le preparaba el desayuno cada amanecer, con un trocito de mi corazón, rojo, brillante y vivo, adornando la bandeja, junto al zumo y las magadalenas. Por eso la esperaba cada tarde al volver la esquina, conteniendo el aliento como si pensase que podría no aparecer un día y dejarme allí plantado, petrificado, reseco y vacío, roto por fin en mil pedazos. Por eso sigo irremediablemente enganchado a la droga de mirarla en silencio mientras duerme, muy quieto, arrebatado, enamorado, poseído por una suerte de Stendhal mientras observo atentamente cosas como la suave línea de su cuello o la pequeña "o" que se forma entre sus labios.
Que no te lo había dicho antes, por miedo a ver un destello de frío en tus ojos, pero... no te vayas.

martes, 8 de noviembre de 2016

Faustino

Todas las noches vaciaba de problemas sus bolsillos escuchando cantar a los grillos.
Se sentaba en una vieja hamaca descolorida frente a su puerta, y se pasaba un buen rato liando pequeños cigarros sin filtro que se fumaba después uno tras otro con los ojos cerrados y dejándose mecer por el incesante sonido de aquellos pequeños insectos cantarines.
En esas largas horas no hablaba con nadie. Nunca admitió la compañía de un amigo, aunque había quién había insistido en ocasiones, pensando que la soledad y el silencio no eran buenos compañeros para un hombre de su edad. Una vez un vecino del pueblo que le tenía en una gran estima se empeñó en sentarse a su lado al anochecer de una de las primeras jornadas que pasaba después de perder a María, pero él, necio como había sido desde niño, se limitó a encogerse de hombros y cumplir su rutina tal y como la hacía siempre, sin dirigir ni una palabra a su sorprendido acompañante, y sin sacarle una hamaca para él siquiera.
Cuando pasaron unas horas eternas y silenciosas, el vecino sentado en el suelo húmedo observó cómo de pronto el hombre se levantaba, cerraba con parsimonia la hamaca, la recogía debajo de un toldo en el porche, y se dirigía hacia la puerta de su casa sin decir ni una sola palabra. Pensó entristecido que quizá se había enfadado por su insistencia, pero al día siguiente a primera hora encontró en la puerta de su casa un cesto enorme lleno de los frutos más hermosos de su huerto. Cuando le vio el domingo frente a la iglesia le miró con tierno cariño, pero nunca le dio las gracias por ello, porque entendió que el hombre en realidad no huía de las personas, sino de las palabras, y dejó que se sintiese así en paz.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Marcos

Se paró un instante con la barbilla levantada y los ojos entrecerrados como si quisiese enfocar algo borroso ante él, intentando encontrar el instante preciso en que su mente, o su alma, había hecho “click” y se había transformado en lo que era ahora. No sabría decirlo. Quizá el día cualquiera aquel que se levantó de la cama y sintió una repentina oleada de asco y hastío por su vida, el mundo, y la gente que le rodeaba. O quizá aquella tarde que la chica de enormes pechos que solía ponerle morritos decidió caprichosamente no devolverle el saludo siquiera. Podía ser, sí, porque recordaba que en aquel momento había sentido ganas de rebanarle el pescuezo con el abrecartas que sujetaba en su mano izquierda. No, peor aún, había sentido ganas de ceder al fin obedientemente al impulso de rebanarle el pescuezo con el abrecartas que sujetaba en su mano izquierda. Eso era. Y sintió además dentro de sí la certeza de que no se conmovería nada su alma al hacerlo.
Pensando que había acertado al fin en sus pensamientos, se pasó distraídamente la mano por la cara, dejando una enorme mancha roja desde la sien al mentón. Vaya, ni siquiera se acordaba de lo que estaba haciendo, -habrá que seguir con la tarea, ya me limpiaré después-. Y volvió a concentrarse en realizar el corte lo más limpio que pudiera, aunque reconocía que aquello no era tan fácil como había calculado en un principio y probablemente tendría que emplear bastante más tiempo del imaginado y era inevitable manchar también mucho más toda la estancia. Al menos había tenido la ocurrencia de extender sobre el suelo un enorme trozo de plástico, eso había sido un acierto, pero la próxima vez ya sabía que necesitaría también cubrirse todo el cuerpo, manos y cabeza incluidos, ya pensaría en ello. También necesitaría más herramientas. No imaginaba que los huesos fueran tan difíciles de cortar, incluso por las articulaciones, y ya estaba pensando en comprar en un futuro una sierra eléctrica, aunque no tenía ni idea de cuál. -Le preguntaré a mi cuñado qué me aconsejaría para cortar un árbol pequeño, eso es- murmuró sin poder disimular una sonrisa. Se paró un momento a descansar los brazos doloridos por el esfuerzo. Estaba resultado todo extrañamente placentero, jamás lo hubiera imaginado. A su lado descansaban ya las extremidades cortadas, en un desordenado montón, del pobre chico de ojos asustados que ahora le miraban blancos y sin expresión, con la boca retorcida en un horrible gesto y la piel mate de un color imposible. Qué fea era la muerte, pensó con una mueca de desprecio. A la entrada todavía estaba la caja que traía, tirada en el suelo, abierta y rota por el forcejeo, con pequeños trozos de pepperoni sobre la alfombra y la pizza desparramada por el parquet. Eso no lo puedo aprovechar ya –pensó- tendré que pedir otra.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

José


En mi mundo siempre es martes. Algún día indeterminado de diciembre, pero martes. De 1985. De cuando aún eras un hombre libre y yo llevaba casi siempre el pelo recogido en una coleta despeinada en lo alto de la cabeza. De cuando me mirabas y me recorría una carrera de hormigas rojas por todo el espinazo, hacia arriba, hasta hacer enrojecer mis orejas como luces de un bar de carretera. De cuando pensaba en ti a todas horas, y me quedaba absorta en cualquier sitio y suspiraba ruidosamente sin querer. De cuando un lunes cualquiera me llegó una nota tuya que decía que me esperarías en el bar donde trabajabas, y yo fui de madrugada, cuando todo el mundo se había marchado, y caí en la cuenta de que ya era martes. Y me abriste la persiana, y la cerraste otra vez detrás de mí, y me besaste, me besaste mucho, muy fuerte, muy rápido, como si quisieras decirme algo pero no supieras cómo.
Y me llevaste al almacén, y sobre el arcón de los hielos me explicaste eso que antes no te salía decir, y yo lo entendí, y te respondí con un grito desgarrador que salía de algún sitio que aún no conocía entre mi ombligo y mis ganas de arrancarte la piel a besos. Y, riéndome, luego, me incliné sobre tu oído, te mordí flojito el lóbulo de la oreja, y te dije muy, muy bajito: "¿Sabes? Me gustan los martes".

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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Nadir


Un día él le confesó la verdad, y desde entonces nada volvió a ser igual. Todo el pueblo estaba en fiestas, y, protegido por la mezcla informe de músicas de las atracciones, con nocturnidad y alevosía, la llevó a un lugar apartado y le contó lo que sentía con la naturalidad de quien recita ante el tendero la lista de la compra.
Tenía los ojos de mil colores y la sonrisa más pícara que había visto ella, y, aunque nunca antes se había fijado realmente en él, de pronto, en aquella semioscuridad parpadeante por las bombillas de colores de la verbena, sintió la extraña necesidad de ser quien provocase esa sonrisa para siempre.

Después de aquella noche pasaron muchos días, y luego se convirtieron en años. Al principio ella no era libre, después no lo era él. Pero nunca importó, porque todo ese tiempo pasaba junto a ellos casi sin rozarles, y, a pesar de que no se viesen en siglos, siempre parecía que entre ellos fuese aquel primer día y que se hablasen por primera vez, con la dulce promesa de lo que va a suceder a continuación, con la seguridad de que su historia estaba aún por escribir.
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miércoles, 24 de agosto de 2016

Santi


La última vez que te vi te alejabas de mí calle abajo, muy deprisa y mirando al suelo. Yo tenía por lo menos 100 años, y mis ojos de anciana te miraron marchar sin poder mover un músculo para evitarlo.
- Yo pensaba que entre tú y yo había algo – me habías dicho un segundo antes, con un tono de reproche en la voz y un gesto de profundo fastidio. Debías tener 20, no más.

A los dos nos gustaba eso de andar por el filo, y lo hacíamos juntos, sin consciencia y con una sonrisa. Qué más da, si la vida está para vivirla, nos mentíamos a nosotros mismos una y otra vez.
Eran tiempos de jugar al despiste con la vida, de hacer esperar aún un rato más a la temida madurez, de plantarnos en medio de un cruce de caminos y contemplarlos absortos sin tener ni idea de cuál de ellos coger.
Íbamos corriendo a ciegas, y sin querer una noche nos encontramos en medio del jardín. Tú rejuveneciste media vida y me dijiste “sígueme”, y yo contesté simplemente “no”. Y me hice de repente muy, muy mayor.
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viernes, 19 de agosto de 2016

Juan


Él había aparecido en su puerta como la viva estampa de sus mejores sueños, con una sonrisa en los labios, una flor en la mano, el pelo alborotado y los calcetines desparejados.
Ella al verlo sintió que su corazón se licuaba, y que las mariposas esas de las que todos hablan siempre enloquecían de pronto en su estómago, y una sonrisa estúpida se dibujó en su rostro.
Era su segunda cita, qué demonios.
- Pasa. ¿Quieres quedarte a desayunar? - le dijo.
- Pero si son las 3 de la tarde... - se extrañó él.
- Por eso.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Nati

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No es que odie la Navidad, es, sencillamente, que cada luz de colores, cada árbol decorado, cada nota de un villancico, cada sonrisa en el rostro de un niño, cada copo de nieve... le recuerda la terrible y cruel verdad, que le grita despiadada que él ya no está a su lado.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Caye

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¿Te has sentido alguna vez sólo? Pero sólo de verdad, por completo, sin sentir a nadie cerca y con el atroz convencimiento de que ni siquiera es posible que lo llegues a tener alguna vez.
Es una sensación terrible, te lo digo yo. Es tan terrible que no sería capaz de desearsela nunca a nadie.

Siempre pensé que hay ciertas palabras absurdas, que el ser humano se ha inventado para designar conceptos que no existen y que son imposibles. Uno de ellos era la "nada"... y resulta que ahora empiezo a intuir lo que significa cuando mi mente se asoma a un agujero insondable y extenso, oscuro y sobrecogedoramente frío, que debe parecerse demasiado a esa "nada" de la que antes me reía, y que es lo que yo llamo "soledad".
Distintos collares, pero sin duda el mismo perro.

Los años nos dan un conocimiento del mundo nuevo, diferente, nos hacen descubrir cosas que antes no veíamos ni aún teniéndolas pegadas a nuestra nariz.
A mí me están dictando ahora una nueva lección sin la cual te aseguro que yo era mucho más feliz: la "generosidad" es otra de tus "palabras absurdas", ... no existe, y no existirá nunca -me dicen con sorna- Nadie piensa en nadie que no sea uno mismo, nadie se preocupa de verdad por otro con el que no comparta ombligo, y, desde luego, nadie se acordará de ti mientras vas llorando en silencio por la calle.

El "amor", como sentimiento (no como acto), debe ser ya el colmo del absurdo, la mayor demostración de creatividad e imaginación del ser humano tratando de inventar un motivo para vivir, un mundo donde querer hacerlo, una excusa buena para seguir sufriendo y no sentirse imbécil.

En virtud de todos estos descubrimientos me he dado cuenta de una cosa... tenía razón cuando pensaba que todos necesitamos a alguien que piense en nosotros.
¿Por qué? Pues porque algo en lo que nadie piensa, es como si no existiese, las cosas existen porque están en nuestra mente, porque les damos la razón de ser con nuestro pensamiento y nuestra voluntad.
Alguien en quien nadie piense será lo mismo, un ser olvidado, como borrado a medias por la indiferencia de los demás, sin una razón de ser, sin un sitio donde estar, sin un segundo de protagonismo en la vida de nadie.

Triste ¿verdad?

La cosa se complica, si todos necesitamos alguien que nos piense para poder existir, y sin embargo no somos generosos como para pensar en nadie más. Normalmente, y gracias a ese egoísmo que adorna a las personas de forma inherente a su ser, solucionamos de forma natural el lío de la manera más sencilla: cada uno piensa en sí mismo, y problema resuelto.

Es fácil. La solución mejor es siempre la más sencilla, de eso no cabe ninguna duda.
Entonces el egoísmo humano encontraría así su funcionalidad, su sentido entre nosotros. Y se volvería bueno, por necesario.

No hay ningún cabo suelto.
Todo está maquiavélicamente engranado en esta vida extraña donde la palabra Caos es significado del más absoluto, minucioso, y sorprendente orden que hace que todo funcione eterna y misteriosamente coordinado y tenga un sentido perfecto.

Sí, tenía razón cuando pensaba que todos necesitamos a alguien que nos tenga en su mente.

Pero... ¿qué pasa entonces con las personas, defectuosas, que somos incapaces de pensar en nosotras mismas?


viernes, 27 de noviembre de 2009

Alba

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Le miró fíjamente a los ojos, sintió la paz que la invadía siempre que se sumergía en ellos, y dijo con voz firme, realmente convencida de sus palabras:
-Confío en ti.

Cuando se dió media vuelta para irse no pudo dar dos pasos sin sucumbir al instinto de mirar hacia atrás. Quería comprobar si él seguía ahí.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Carlos

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Te miente, te traiciona, se ríe de ti, te hace creer que será tuyo para siempre, que será tu constante motivo para sonreir, que te hará feliz, que te cuidará y que nunca se separará de ti.

Te engaña, te tortura, juega contigo, con los pedacitos de tu corazón, le divierte ver cómo lloras, desesperado, en el silencio de la noche, no tiene piedad, no le importas, ahora sabes que jamás pensó en ti.

Pero hay que perder el alma para dejar de creer en él.

El Amor...

martes, 10 de noviembre de 2009

Estela

.
Me mira, orgullosa de sus palabras, de sí misma, casi parece incluso desafiante, mientras me sonríe con un deje de condescendencia.
No sé cómo lo hace, pero consigue que, a pesar de ser yo la que está tras la lupa engañosa de la imponente mesa de despacho, y del obstáculo físico que supone su corta estatura, parezca misteriosamente que su mirada se posa en mí desde las alturas.

Estela habla de sí misma como de un semi-dios. Explica, pausadamente y con comprensiva paciencia, todos los porqués de este mundo, y asegura abierta y tranquilamente ser poseedora de la verdad.
Y lo dice con tanta naturalidad que me he sorprendido pensando si no será cierto que lo es.

Estela expone claramente sus encantos, todo lo que en ella ve brillar, que no es poco, y alza las cejas con asombro porque no se explica cómo es posible que los que le rodean no sean capaces de verlos también. Eso la enfada, es evidente. La mediocridad la agota, me aclara con un teatral gesto de hastío.

Paso las horas frente a ella, escuchándola mientras espero a cada minuto un paréntesis de falsa modestia que nunca llega.
Estela afirma lo que cree, sin ninguna duda, y eso incluye tanto que la noche nos descubre las estrellas, como que conocerla es un regalo para cualquiera. Con la misma naturalidad te dice lo uno y lo otro, sin que su labio tiemble, ni sus ojos desvíen ni un segundo la mirada.

El primer día que la vi me asusté, he de reconocerlo. Aunque ahora sé que fue por miedo a lo desconocido, por no saber librarme del apretado corsé de lo socialmente conveniente, de lo pautado por todos como aceptable, de lo que me han dado pensado para que no tenga que pensarlo yo.

Ahora creo que Estela es la persona más genuina que he conocido nunca. Y me cae bien, porque me gusta la verdad, aunque me insulte a la cara sin usar tan siquiera una mala palabrota.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El libro de los abrazos

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“Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en cualquier parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte. No quiero estar con nadie... ni siquiera conmigo”.

“ Y mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción”.

(Eduardo Galeano)

Leído en Déjame que te cuente.

martes, 20 de octubre de 2009

Celia

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El autobús no va demasiado lleno, pese a la lluvia que hoy ha decidio venir a recordarnos que el verano ha llegado definitivamente a su fin. Pongo mi bolso en el asiento contiguo y, como el camino que me espera es largo, saco un libro de él y busco sobre mis rodillas la página en la que en otra ocasión dejé la lectura.

Una mujer canturrea detrás de mí una canción machacona y repetitiva que, afortunadamente (pienso), no conozco.
Levanto la mirada y veo un chico que, con la mirada fija en el techo del autobús, cuenta mentalmente mientras va estirando uno a uno los dedos de las manos, acompasados con los apenas perceptibles movimientos de sus labios.
Una chica joven pierde los estribos con un niño de unos 2 años que se retuerce en su regazo mientras ella siente enrojecer su cara y unas venas gruesas aparecen en sus sienes.
El hombre que se ha levantado para tocar el timbre no oculta su ansiedad por aquello que planea hacer en cuanto ponga un pie en la acera, y golpetea compulsivamente un cigarro sobre el mechero que sujeta en su otra mano.
Una adolescente enrojece mientras trata de esquivar las miradas de los demás clavando sus ojos en el suelo.
Un chaval más o menos de su misma edad, con ambas manos en los bolsos del vaquero, mira con fallido disimulo los enormes pechos de su compañera de asiento.
La mujer que se sienta frente a mí, abre su segunda bolsa de patatas fritas.
Un hombre se encoje a su lado, con un gesto que diría de profunda tristeza en su rostro.

Yo... me doy cuenta de que llevo un buen rato distraída y me obligo a fijar la mirada en mi libro, Manual de Psicopatología. Comienzo un nuevo capítulo. Leo el título y sonrío: "La delgada línea entre salud mental y enfermedad".

miércoles, 14 de octubre de 2009

A la orilla de la chimenea

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Me gustaría salirme del maldito guión, escribir el mío propio, sentirme libre de verdad, hacer que tú lo entiendas.
Podemos ser cualquier cosa, cualquier cosa.
Sólo tenemos que abandonar esta carretera embotellada, he estado mirando el mapa y te aseguro que no acaba donde habíamos soñado.
Sólo hay que salir de aquí y echar a correr descalzos por la hierba, y sentarnos en cualquier sombra a decidir en qué viento queremos convertirnos.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Aitor

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Vestido de negro, con el chándal grueso y la camiseta más grande que tenía, con la gorra de béisbol calada hasta las orejas y las gafas de sol como parapeto desde el que esconderse del mundo que le rodea, Aitor cumple sólo a medias su propósito de pasar desapercibido, puesto que aún hay quien tuerce la cabeza para mirarle pasar ataviado de esa guisa.

Pero él no se inmuta.
Siente que lleva puesta su "capa de invisibilidad", y así, no camina, se desliza entre la multitud que puebla la acera aguzando todos sus sentidos para encontrar una presa apetitosa que llevarse al zurrón.
Es una mañana estupenda de "caza". El sol de otoño brilla sobre las hojas amarillentas de los árboles creando una ilusión de calor que no es del todo real, pero que engaña lo suficiente. Las mujeres salen a la calle con sus camisetas de verano, aún sin resguardarse bajo el oscuro cobijo de las medias y las botas, no resignadas todavía a esconder la piel morena, fruto de tantas horas durante el verano al sol.

Pasan junto a él, parecen no verle, pero casi no le esquivan, le rozan, incluso le miran, coquetas y provocadoras. Le incitan. Le provocan. Una niña le sonríe, y Aitor siente que es la señal de que el juego comienza. Todas fingen no darse cuenta, pero en realidad le consienten el capricho porque están deseosas de participar con él, en el fondo les gusta, les divierte, salen a la calle buscándole, como él a ellas, y no piensa defraudarlas.
Las mujeres son malas como el demonio. Si sus hombres supieran cómo se le insinúan, cómo le piden con cada simple movimiento, con cada poro de su cuerpo, que juegue con ellas...

Esboza una mínima sonrisa mirando a la chica que se acaba de colocar junto a él. No debe pasar de los 20, es delgada y morena y viste un escuetísimo pantalón cortado a tijera y una camiseta con encajes en los finos tirantes. Se ha parado a rebuscar en su bolso justo cuando un soplo de aire fresco acaba de sacudir aquella esquina de la calle, y su piel se ha erizado, morena y brillante, como llamándole a cumplir su misión. Aitor se ha quedado petrificado delante de ella, y observa excitado el milagro del frío viento en sus pequeños pezones. Aquello no puede ser casual. No lo es, de hecho, es un magnífico regalo de esa jovencísima aprendiz de Jezabel, que es ya capaz de desplegar toda su magia y su encantadora brujería para lograr ser su compañera, su musa, durante tantas noches como fuerzas logre acumular él.

La chica deja el bolso y, fingiendo no verle, estira su espalda haciendo resaltar sus pechos provocadores. Mientras pasa junto a él con el fuego del infierno en la sonrisa de su mirada, Aitor aún trata de controlar una erección, y piensa "gracias, muchas gracias, nena".

El aparato móvil en su bolsillo, agotado de hacer fotos bajo su mano resudada, lanza un débil pitido como señal de que apenas le queda ya tan sólo un pequeño resto de batería.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Cyrano de Bergerac

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"Mi elegancia va por dentro y no me acicalo como un ganapan cualquiera! Aunque parezca lo contrario, me compongo cuidadosamente, más que por fuera. No saldría a la calle sin haber lavado, por negligencia, una afrenta; sin haber despertado bien la conciencia, o con el honor arrugado y los escrúpulos en duelo. Camino limpio y adornado con mi libertad y mi franqueza. Encorseto, no mi cuerpo, sino mi alma, y en vez de cintas uso hazañas como adorno externo. Retorciendo mi espíritu como si fuese un mostacho, al atravesar los grupos y las plazas hago sonar las verdades como espuelas. "

(Edmond Rostand, "Cyrano de Bergerac")

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Jorge

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Ahora no, que estoy muy ocupado y no te puedo prestar atención.
Ahora tampoco, que ya he terminado y necesito descansar.
Ahora no, que estoy muy contento y lo podemos estropear.
Ni ahora, que estoy triste y me acabarás de hundir.
Espera, que estoy entretenido y no me voy a enterar bien.
Luego, que hay gente y nos pueden oir.
...
¿De verdad crees que existe un buen momento para hablar de lo que no quieres escuchar?

domingo, 6 de septiembre de 2009

Mercedes

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Sale de la piscina completamente mojada, y corre dando saltitos sobre el césped hasta la hamaca dejando tras de sí un camino húmedo y fresco. Se tumba sobre la toalla y enseguida empieza a notar cómo el sol se pelea con las gotas, que se van volviendo pequeñas islas solitarias sobre su piel morena. El frío se va transformando en confortable calor, y se pone las gafas de sol para poder mirarles jugar dentro del agua. Su hijo ríe divertido mientras su padre nada a su alrededor fingiendo ser un cocodrilo que amenaza con morderle, y entonces Mercedes sonríe sólo por contemplar aquella felicidad tan contagiosa, en ese momento tan especial.

Aún con la sonrisa en los labios, cierra los ojos y entonces nota una mano que se posa suavemente sobre su estómago, cálida y temblorosa, haciendo que todo su cuerpo se estremezca al reconocer su tacto. Efectivamente, es "él". Ella se vuelve para recibirle y le estrecha entre sus brazos. Él sonríe también y le susurra al oído, y empieza a besarla los labios, el cuello, los hombros..., dulcemente primero, con creciente ardor después, haciéndose un sitio junto a ella en la hamaca. El mundo desaparece a su alrededor mientras la temperatura sube, el sudor aflora y se confunde con la saliva, los besos se vuelven ardientes y las caricias más intensas, y, mezclados con el rumor del agua, complacida y abandonada, ella ya sólo escucha sus propios gemidos.

-"¡Mamá! ¡tengo frío! ¿donde está mi toalla?"

Mercedes sonríe mientras ambos se acercan tiritando, felices, les recibe con las toallas extendidas, y ayuda al niño a secarse mientras escucha la narración atropellada de las aventuras que ha vivido en la piscina y su marido se ríe al oírlo, tumbándose ruidosamente en la hamaca de al lado.

"Él" se ha ido. Es lo que tiene abrir los ojos.
Pero no pasa nada, enseguida los volverá a cerrar de nuevo.

... ¿Alguien dijo que no se pueden vivir dos vidas a la vez?

martes, 25 de agosto de 2009

Horacio

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Seguía esperando agazapado entre los arbustos, procurando no hacer ni el más mínimo ruido que le pudiese delatar, conteniendo incluso la respiración por momentos, y sintiendo el corazón agitado por la emoción. Estaba seguro de que esta vez lo atraparía.

La rodilla que tenía hincada en el suelo se iba humedeciendo por el rocío acumulado sobre la hierba, y tuvo que intentar cambiar el punto de apoyo un par de veces, por si el pie se le acababa por dormir y daba al traste con su plan impidiéndole saltar con agilidad cuando llegase su presa.

Bastaron unos minutos más, y por fin apareció. Era más pequeño de lo que esperaba, pero igual de despreciable. Pequeño, feo, vulgar, un poco torpe incluso... aquel era el perro que había conseguido burlarle cada mañana y entrar en su jardín a campar a sus anchas. Horacio torció el gesto mientras sentía una intensa punzada de desprecio en su interior.

El perro era efectivamente más bien pequeño, tenía una de aquellas absurdas mezcla de razas que vuelve vulgares a los de su especie, y aquella además era especialmente poco favorecedora, si es que alguna no lo es. Tenía las patas demasiado cortas, casi no tenía cuello, el pelo era ralo y sin brillo, y la cola era una ridícula extensión de sus cuartos traseros, pequeña y gorda como una salchicha mal enrollada. Y aquella cara de ratón inmundo, de ojos saltones y hocico fino que siempre andaría hundiendo en alguna mierda....

Pero este era, por fin, el día en que acabarían sus andanzas de perro vagabundo, apestoso, maloliente y descarado. Hoy acabarían sus victorias, esas que él tenía la desfachatez de firmar con un hediondo mojón en su entrada, o con un pequeño hoyo en su césped. Ya no volvería jamás a mearle el rosal, ni a jugar con una pelota de su nieto, dejándola pinchada al clavarle sus dientes de asquerosa rata de alcantarilla.

Nunca más en su jardín. Jamás por encima de su voluntad. Faltaría más.

Cuando el perro hubo dado un par de vueltas de reconocimiento y se encontraba ya seguro en el terreno de sobra conocido, Horacio alzó la rodilla del suelo, ya con un surco mojado en la pana del pantalón, y elevó el trasero para adoptar la postura del corredor en la línea de salida.

No oía más que su corazón y aquella respiración entrecortada que parecía ser de otro.

El perro se dió la vuelta para juguetear con un pequeño mato junto al muro, y comenzó a escarbar en la tierra húmeda un hoyo junto a otro, muy poco profundos, como si realmente no tuvieran un objetivo concreto más que el de entreternerse en algo.

Horacio sintió cómo una oleada de ira le invadía por dentro, apretó los dientes, y decidió, más que nunca, que aquel era el momento de ponerle fin a aquello. Saltó de detrás del arbusto con la agilidad y la rapidez de un lince, y el perro apenas tuvo tiempo de volver la cabeza para ver a ese hombre enorme que se avalanzaba sobre él con la cara enrojecida, los dientes apretados, y sujetando en el aire con ambas manos un enorme palo.

Cuando hubo terminado con el enemigo, descargando toda su ira y su frustración en cada golpe dado con tremenda fuerza, Horacio se paró un momento a obervar el resultado de su obra. Con la cara sudorosa, el pelo revuelto, y la respiración aún acelerada, sonrió triunfante recordando cada aullido que le había arrancado a aquel maldito animal que jamás volvería a molestarle en su casa. Ni en la de ningún otro. "Un hombre siempre debe defender lo que es suyo", pensó complacido, sacudiéndose las manos una contra otra después de tirar el palo ensangrentado sobre aquel cuerpo inerte y destrozado.

Mientras se daba media vuelta para volver a la cocina, de donde había empezado a salir un delicioso olor a café recién hecho, sólo le quedaba ya una preocupación... ¿ahora, quién recogería todo aquello?

lunes, 17 de agosto de 2009

Si estás conmigo, estás contra mí

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"Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de quedarse. Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el rojo que hoy nos vamos a poner moraos. Y hablando de ponerse, vete poniendo cómoda, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado todo dispuesto para no quieras mudarte ya más. Puedes dejar tus cosas aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir encontrando. Los primeros están llenos de errores, los segundos, teñidos de ganas de no equivocarme otra vez. El espacio es tan acojedor como me permite mi honestidad. Ni muy pequeño como para sentirse cómodo, ni demasiado grande como para meter mentiras. Mis recuerdos, los dejé todos esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansados de merodear por vidas ajenas. No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes, y podrías resbalar. Yo te aviso. El interruptor general de corriente está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y no reírte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón. No sé si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú. Y hablando del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve pasados unos minutos. Discúlpame si es la única solución, es lo que tenemos los de la vieja escuela, que a estas alturas ya no nos fabrican los recambios. Tampoco acaba de funcionarme bien la lavadora. Hay cosas del pasado que necesitan más de un lavado, es inevitable. Y hay cosas del futuro que, como es normal, se acabarán gastando de tanto lavarlas. La recomendación, ensuciarse a su ritmo y en su grado justo. Eso sí, no te preocupes por lo que pase con las sábanas, que las mias lo aguantan todo. Para acabar, te he dejado un baño de princesa, una cama de bella durmiente, un sofá de puta de lujo y algo de pollo hecho en la nevera. Para que lo disfrutes a tu gusto, eso sí, siempre que sigas reservando el derecho de admisión. Aquí no vienes a rendir cuentas, sino a rendirte tú. Aquí no vienes a competir con nadie, sino a compartirme a mí. Y lo de dar explicaciones, déjalo para el señor Stevenson. El resto, no sé, supongo que está todo por hacer. Encontrarás que sobra algún tabique emocional, que falta alguna neurona por amueblar y que echas de menos, sobre todo al principio, alguna reforma en fachada y estructura. Dime que tienes toda la vida, y yo voy pidiendo presupuestos. Dime que intentaremos toda una vida e iré enconfrando mis nunca más."

(Risto Mejide, El Sentimiento Negativo)

lunes, 10 de agosto de 2009

Ángel

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Tantas veces había oído que el sufrimiento del corazón es el que inspira al artista a crear las más bellas obras... Y ahora él permanece quieto, como congelado, sin alma, frente al inacabable lienzo blanco que se extiende ante sus ojos vacíos, extrañado por la repentina y desconocida quietud que les envuelve.
Lleva ya dos semanas así, en la misma postura, sin mover un músculo, inconmovible, ausente, quieto... mientras, en su interior todo fluye en un agitado torbellino de sentimientos que siembra el caos por donde pasa, y un coro de mil voces grita con desesperación día y noche: "¡¡¡Aurora, Aurora!!!..."

viernes, 31 de julio de 2009

Esperanza

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... Y siento la vida florecer a mi alrededor, y mis ganas se despiertan al mismo tiempo.

La luz se extiende desde donde estoy, resplandeciente como nunca, y se esmera, cuidadosa, en iluminar cada pequeño rincón del mundo, hasta el más escondido recoveco de mi alma.
El aire se vuelve fresco, sano, puro, lo noto tanto en torno a mí que dedico unos minutos exclusivamente a sentir el placer de respirarlo y dejarle invadir mis pulmones, dejándose parte de su alegría en la sangre que ahora me riega por dentro.

Me siento fuerte, poderosa, optimista. Me estiro fuertemente sintiendo el placer de deshacerme de los últimos restos de la pereza del sueño. Me siento revivir de pronto, y, mire donde mire, no soy capaz de encontrar ni los restos de los monstruos patéticos que la oscuridad se tuvo que llevar por donde vino.
En su lugar veo luces, puertas abiertas, caminos que se extienden ante mí con un mundo de posibilidades nuevas al otro extremo; gente que resucita, y me mira, y me sonríe, y me habla, y me acompaña...

Respiro, me levanto, sonrío, miro, canto, planeo, decido, sonrío otra vez , busco, encuentro, hago, disfruto, vuelvo a respirar.

Al fin ha llegado.
El día.
Un día más.

jueves, 23 de julio de 2009

Socorro

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... Y ahora ha llegado un punto en el que el mundo parece desaparecer a mi alrededor.

El aire se vuelve denso, estático, recargado como si jamás se hubiese abierto una ventana al mundo exterior. Cae la oscuridad como un saco pesado de cemento y las personas huyen de mi lado dejándome sólo un recuerdo agridulce, la presencia de lo ausente.

Me siento sola, vacía, triste. Me abrazo a mí misma como si de ese modo pudiera quitarme el frío que me sale de dentro. Siento cómo los fantasmas vienen a sentarse a mi lado, mirándome con ojos traviesos y sonrisas socarronas, indicándome que no piensan dejar que les entierre en algún lugar escondido de mi memoria. Les veo moverse a mi alrededor y me susurran frases que se me clavan en el alma provocándome ese dolor punzante justo detrás del ombligo.

Intento acomodarme en ese cementerio extraño en que se ha convertido el mundo, sembrado de cuerpos que yacen sonrientes y confiados mientras esperan otra nueva resurrección, y deseo con todas mis fuerzas morirme un rato yo también, pero el ruido incesante de todo lo malo que encuentro en mi cabeza no me deja pensar en nada más.

Esta forzosa consciencia me obliga a presenciar cómo mi pasado también se vuelve negro y vacío, mi presente terriblemente doloroso, y mi futuro desaparece ante mis ojos cansados como el humo que se aleja de la chimenea.

Camino, me siento, suspiro, me encojo, hablo sola, lloro, vuelvo a caminar, miro a mi alrededor, busco, no encuentro, vuelvo a llorar.

Y sólo acaba de empezar.
La noche.
Otra noche.

domingo, 12 de julio de 2009

Raquel

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Nunca había intentado aparentar nada. Nunca había creído merecer nada. Nunca había pensado conseguir aquello.
Y menos de esa forma.

Pero la vida es así, y no hay más vuelta de hoja.

Ahora suspiraba pensativa, mientras miraba por la ventana los copos de nieve caer, desenfocando la mirada, entrecerrando los ojos, mirándolos de refilón... pero no era igual, no había forma. Sólo si cerraba los ojos por completo podía volver a verlos como los recordaba, pequeños, blancos, relucientes bajo ese sorprendente sol invernal mientras corrían en todas direcciones jugueteando con el viento...

Parecían tan lejanos esos días...

Y realmente lo eran, para qué engañarse, pero era lo que tenía, y lo guardaba como un tesoro, como tantos y tantos objetos absurdos que había acumulado durante años y que aún a veces esparcía sobre la cama escuchando con una sonrisa la historia que cada uno contaba para ella.
Pero esto no lo guardaba en la vieja caja de lata, esa enorme y decorada con dibujos antiguos, más antiguos aún que ella misma, que un día le habían regalado sus padres llena de unas galletas riquísimas aquella vez que estuvo enferma. De aquello hacía quizás dos o tres vidas, pero creía oler aún el aroma mantecoso de las minúsculas galletas... qué difícil puede llegar a ser olvidar algunas cosas...

Esto lo guardaba en un lugar mejor, en un lugar donde nadie podría nunca encontrarlo, en un lugar que se llevaría ella consigo en el momento, cada vez más cercano, de encontrarse por fin con su vieja amiga, la muerte. Y sonreía para sí al pensar que tenía una historia que nunca nadie imaginó, y que nunca nadie conocería. Nadie... más que ellos dos...

Tan siquiera quedarían como románticos testigos algunos manojos de cartas, amarillentas, atadas cuidadosamente con cintas de raso, proclamando a los cuatro vientos la mitad de una historia en sus ajadas hojas manuscritas.
Eso pertenecía a otra época. A una que a ella no le había tocado vivir.
En todo caso una cuenta de correo, ya probablemente desaparecida por la falta de uso desde que sus manos empezaron a temblar y no le permitieron manejar más el teclado como hubiera querido... y ¡cómo hubiera querido!... aunque hiciese siglos que no recibía un nuevo e-mail, solía abrir todos los días su buzón virtual para sentir, una vez más, la emoción, tan agradable, tan joven, de esperar que un icono diferente le indicase un nuevo mensaje... y aunque no fuese así, esa emoción no se convertía en tristeza, ni en decepción, porque hacía mucho tiempo que sabía que nunca más llegarían, pero entonces leía una y otra vez los cientos de mensajes guardados en aquella carpeta con su nombre. Su nombre.

Hubiera querido ahora agradecerle estar ahí, seguir estando ahí, acompañándola siempre en la soledad que llenaba cada rincón de su casa (de su alma), haciéndola siempre mucho más agradable, como antes. Como siempre.

Todavía tenía su voz, guardada como recuerdo, y aquellas canciones que él solía cantarle cuando más lo necesitaba, cuando la vida le dolía, cuando quienes la podían tocar no lo hacían como ella hubiera querido, ni como él hubiera sabido.

Y, lo más valioso, lo mejor, la estrella de sus tesoros... aún tenía su abrazo, el de verdad. El de aquellos brazos generosos que la estrecharon un día de primavera, resguardados ambos por la noche, por aquellas estrellas que les observaban escondidas tras las luces de la ciudad, por aquella multitud de personas que festejaban por las calles, locas por la alegría y completamente ajenas a la intensidad de su encuentro, la victoria de su equipo.
Es curioso, tantas y tantas palabras les habían unido, y el momento de encontrarse al fin frente a frente fue mudo, silencioso. No hizo falta más. Una mirada nerviosa, curiosa, que buscaba frenéticamente reconocer aquello que tanto quería en los ojos del otro. Una sonrisa cómplice, cariñosa, tan elocuente... Y, sin darse cuenta, habían caído el uno en brazos del otro, sintiendo su tacto, su calor, el olor de su ropa y de su pelo.
Ahora, con la sabiduría que le habían dado aquel cabello blanco y aquellas manos temblorosas, sabía que no hizo falta más porque aquello era lo único que les faltaba, tan intensa y tan íntima había llegado a ser aquella unión a que les había abocado el todavía extraño contacto virtual de los últimos meses.
Y el abrazo era eterno, como si ninguno de los dos quisiese que terminase nunca, como si ambos temiesen que fuera lo último que pudiesen hacer juntos. Juntos en el espacio y en el tiempo. Juntos, para completar el puzzle.

Lo que sucedió después ya sólo lo sabe ella. Si alguna vez hicieron falta las palabras entre ellos, si algún día dejaron de disfrutar de los sentidos que les negaba el frío ordenador, si decidieron reservar esa última pieza para que nunca estuviera terminada del todo su historia, y fuera así eterna, como el tapiz de la paciente Penélope.
Y nunca lo contará, porque es su tesoro.
Puedes imaginar, si quieres, apasionados encuentros secretos, mudos e intensos como aquella primera vez. Puedes suponer nuevos mensajes, como caricias, en la pantalla del ordenador. Y miradas cómplices en encuentros fortuitos por la ciudad. Y canciones evocadoras que nadie más comprendía. Y un lugar para refugiarse, como un castillo en otro país, en otro mundo, donde sólo se permitiera romper el silencio al crepitar del fuego en la chimenea, al silbido del viento en las ventanas, al rumor de la ropa al caer, a esos nuevos abrazos...

Ella nunca te lo dirá. Se lo llevará con ella, como hizo él en su día, y así podrá irse sonriendo, como una niña traviesa, con la libertad que siente quien no tiene que dar una explicación, quien vive sus propias vidas, quien te mira con unos ojos que susurran misteriosos: “tengo un secreto”.

La vida es así, y no hay más vuelta de hoja.

domingo, 5 de julio de 2009

Silvia

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Estaba tan concentrada en la tarea que era casi comico el gesto de su cara, con la frente tan fruncida y la punta de la lengua asomando por una esquina de su boca.
Esta vez no le volvería a pasar, se lo había jurado a sí misma el día de las croquetas, cuando su compañera le había puesto en un compromiso dejándola encargada de escribir el menú en la pizarra de la calle. Por supuesto, lo había hecho a propósito, estaba claro desde el momento que sabía lo limitado de la educación de Silvia, que no era la primera vez que pronunciaba mal esa palabra ante su risa despiadada, y quedó corroborado después, cuando la vió por el rabillo del ojo sonreir triunfante durante todo el rato que duró la regañina del jefe.

Sabía que se lo volvería a hacer, así que había estado preparándose desde entonces, leyendo libros de cocina, fijándose en todos los menús que caían en sus manos, atendiendo ávidamente a todos los programas de cocina que su escaso tiempo libre le permitía encontrar en la televisión.
Era cierto que no había terminado ni la escuela, ni lo más básico, siempre obligada a trabajar para ayudar en casa hasta que pasara otra vez el temido fin de mes, pero necesitaba ese trabajo, y también se lo merecía.
No la volverían a pillar. Otra vez no.

Por eso hoy torcía el gesto, concentrada, mientras escribía el nuevo encargo del día. El menú que hoy su compañera había dejado para ella, con un claro halo de maldad en su mirada: albóndigas.
Pero sabía escribirlo, estaba preparada para ello, tanto tiempo invertido daría hoy sus frutos, y su envidiosa enemiga tendría que tragarse esa risa maliciosa esta vez.

Así salió a dejar la pizarra en la calle una vez concluído su concienzudo trabajo, satisfecha, orgullosa, triunfante, sabedora del trabajo bien realizado, deseosa de recoger los frutos de su éxito.

Entró de nuevo en el restaurante, sonriendo, mientras los primeros transeúntes se detenían ante las letras redondas de tiza que rezaban, frías y crueles como una triste broma sin gracia: "Hoy: arozz con albóndigas".

Ya no me acuerdo

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miércoles, 24 de junio de 2009

Agustín

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Hola, me llamo Agustín, y soy alcohólico.

Muchos ya me conocéis de estas reuniones. Llevo años viniendo, años sentándome en silencio en la última fila para escucharos contar vuestras experiencias compartidas, vuestra lucha diaria, vuestras batallas ganadas. Años también presenciando vuestras derrotas, mirando compasivo la debilidad que demuestra vuestra mano tendida pidiendo auxilio cuando la vida os pone una zancadilla y os pilla tan desprevenidos y confiados que acabáis de bruces en el suelo; también siendo testigo orgulloso de vuestro resurgir cuando os levantáis, sucios del polvo del camino y con la sombra de la culpa y la vergüenza pintada en la cara.

Os he visto siempre de lejos, porque en mi seguridad me sentía lejos de vosotros, de vuestra miseria. He permanecido siempre en silencio, porque en mi absurdo orgullo creía que no tenía nada que compartir con vosotros, que hablábamos otro idioma. Ha sido tal mi vanidad, que no he faltado ni un sólo día de reunión en todo este tiempo porque pensaba que mi presencia os podía ser necesaria para sentir la fuerza que no teníais para seguir adelante.

Han pasado 1.872 días desde que decidí alejarme del infierno que había creado la bebida a mi alrededor. 1.872 días de victorias renovadas, de orgullo creciente, de disfrutar impúdicamente de un ego desmedido, de unos títulos que nadie, salvo yo, me había concedido.

1.872 días, con sus 1.871 noches... y ayer bebí.

No me voy a perder en divagaciones sobre el motivo, no me importa si fue el estrés del trabajo, mis problemas sentimentales, los disgustos de mis hijos, la preocupación por la salud de mi padre, ese amigo que me insistió una y otra vez hasta ponerse tan pesado...
Podéis pensar que es importante analizarlos, pero para mí cualquiera de ellos sólo sería la excusa perfecta que llevo buscando durante 5 jodidos años para volver a sentir un día, por fin, otra vez el sabor de ese veneno en mi garganta, su calor bajando por mi estómago, el dulce velo con que envuelve mi cabeza haciendo que todo se vuelva diferente con su soplo extraño de irrealidad.

1.872 días autoconvenciéndome de una mentira. Tanto tiempo para construir mi mundo perfecto, y ahora por fin veo que lo que estaba haciendo en realidad era levantar un muro a mi alrededor, una torre sin ventanas desde la que poder sentirme más alto que nadie, y también más escondido que nunca para volver a ceder a las órdenes de mi verdadero dueño, absurdo dueño éste que vive dentro de una simple botella de vidrio.


Por eso hoy vengo ante vosotros sólo para pediros perdón. Un perdón que no merezco, pero que, por alguna razón, necesito para salir por esa puerta y volver a empezar desde cero la cuenta de mis días verdaderos, de mi vida sin mentiras.

Por fin me he dado cuenta de que no sois tan pequeños, tan cobardes, tan débiles... O sí, quizá sí lo sois, pero tanto como yo, que además de pequeño, cobarde y débil, soy vanidoso, prepotente y absolutamente imbécil, por no haber sabido ver lo equivocado que he estado siempre.

Lo siento mucho, de verdad, perdonadme.

Jamás hubiera pensado que un error pudiese durar tanto tiempo.
47 años, 1.872 días... y mi vida empieza hoy.

viernes, 19 de junio de 2009

Víctor

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Pensé que había conocido a todo tipo de personas hasta que me encontré una tarde fría de primavera con Víctor en el bar de siempre.

Descarado, seguro de sí mismo, frío, distante, calculador, prepotente, desdeñoso, manipulador, intransigente, duro, cruel...

Después pensé que no había conocido a ninguna persona de verdad hasta aquel momento, aquel momento en que el frío, la primavera, y toda mi vida cobró sentido de repente.

El corazón tiene razones...

miércoles, 3 de junio de 2009

Laura

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Por fin oye la respiración profunda del niño en la habitación de al lado. Ya se ha quedado dormido, ya llegó el descanso para ella también.
Laura entra en la cocina arrastrando las zapatillas sobre el azulejado gris. Con el ceño aún fruncido y unas repentinas ganas de llorar que le resqueman de pronto los ojos, se dispone a prepararse una cena frugal y anodina, hecha sin rastro alguno de apetito.
Tras llenar el vaso de leche se dirige al cajón de los medicamentos. Ha decidido que tomará una de esas pastillas para dormir que un día le recetó el médico, cuando tuvo que someterse a aquella pequeña operación que le tuvo varios días con molestias que le impedían conciliar el sueño. Hoy le vendrá muy bien una ayuda para poder hacerlo. Como una especie de refuerzos para ahuyentar los terribles fantasmas que se le aparecen siempre cuando llega la noche y todos los demás duermen plácidamente.

Y entonces se le ocurre. La idea aparece como un flash, como un relámpago mágico, como una iluminación en su mente. La forma de hallar el reposo, conseguir por fin la tranquilidad, descansar, no volver a pensar, no sentir más.
Con mirada fija en la caja de pastillas que descansa aún en su mano, piensa lo fácil que sería. El plan perfecto. Una cena rápida, un postre a base de tranquilizantes, y a la cama, cómodamente, a ver cualquier programa sin interés en la tele pequeña de la habitación. Sin teatros, sin ruidos, sin aparatosas puestas en escena que despiertan la alarma en los demás.
Después, cuando él volviese de trabajar se la encontraría dormida, plácidamente, iluminada por la extraña luz de la televisión, y le quitaría las gafas y el mando a distancia y no querría despertarla para decirle buenas noches, así que se acurrucaría él en su lado de la cama hasta el día siguiente...

El plan perfecto.
Tan fácil.
Tan tentadoramente fácil...

sábado, 30 de mayo de 2009

Soledad

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La soledad es que un río de lágrimas caiga sobre tus propias rodillas, y ver cómo pasa la noche ante tus ojos sin que haya nadie, NADIE, para, tan siquiera, saber que lloras.

sábado, 23 de mayo de 2009

Belén y Carlos

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Belén se aparta la melena lacia con un gesto maquinal y distraído. Coge con una mano la bolsa de plástico que le tiende la dependienta, mientras con la otra recoge apresuradamente su dinero y su cartera de encima del mostrador. Tiene que darse prisa si quiere llegar a tiempo para coger el tren de las 5, pues acaba de decidir que aceptará la invitación de su hermana de huir por fin de esa ciudad, de dejar atrás todo ese pasado que la estaba marchitando día tras día ante su propia mirada asustada e impasible. Se irá de pronto, sin pensar, sin volver la vista atrás.
Sólo se permite un momento para comprar en la librería de la esquina un bonito cuaderno con las hojas en blanco que piensa empezar a llenar desde hoy mismo como una metáfora de la vida que va a comenzar a construir. La primera hoja la dejará aquí, pegada con un imán a la nevera de su pasado. Es el fin del prólogo. Punto y aparte. Comienza la obra.

Carlos estira el brazo para empujar la puerta de la librería que está junto al portal de la casa que acaba de alquilar. Viene sonriente a pesar del mal trago que ha vivido porque sabe que un nuevo camino se extiende ante sus ojos, y sabe que lo aprovechará de verdad. Esta vez sí. Ya no valdrá nada de aquella amargura de antes, no dejará que nadie decida por él, no se dejará llevar, decidirá por sí mismo, ... y será feliz. Está convencido de ello.
Para comenzar en su nuevo hogar, un nuevo libro en la mesita, algo que hable de esperanza, de vida, de optimismo y de pasión, como una especie de sortilegio que presagie los días que le esperan detrás de este nuevo recodo, tras este giro inesperado. Esto sí que es un cambio de sentido -piensa sin poder reprimir la misma sonrisa que exhibe en su cara desde ayer.

Belén se gira bruscamente hacia la entrada de la librería desde el interior.
Carlos empuja levemente la puerta desde fuera.
...
Sería difícil explicar qué ha pasado. Una moneda que se cae al suelo, Belén que se agacha para recogerla, un niño que se cuela por debajo del brazo de Carlos, desviando su mirada hacia el otro lado, ella que se levanta maldiciendo y sale de la tienda casi a la carrera, él que entra mirando al niño que corretea entre los montones de libros sin haberse percatado siquiera de su presencia... y un segundo que se aleja por los abismos del tiempo maldiciendo no haber sido testigo de una mirada, sólo una mirada, que quizá hubiera cambiado el signo de todo el futuro que aguardaba desde siempre en la puerta de aquella librería.

martes, 12 de mayo de 2009

El Aleph

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Si de verdad hubiese un lugar escondido de todo el universo, un sitio donde reina la nada, un agujero oscuro y vacío lleno de las cosas que se olvidan, creo que en una esquina de ese gran aleph redondo estaría mi corazón, tumbado en el suelo, dormido ya de tanto esperar, y tu amor, llorando a solas junto a mí la tristeza de sentir tu implacable olvido.

Ahora la pregunta es... ¿podré seguir viviendo sin tu fuerza y sin mi palpitar?

lunes, 11 de mayo de 2009

No cambies

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Durante años fui un neurótico. Era un ser angustiado, deprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que yo era.
Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo
por mucho que lo intentara.


Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo era. Y también insistía en la necesidad de que cambiara.
Y también con él estaba de acuerdo, y no podía sentirme ofendido. De manera que me sentía impotente y como atrapado.

Pero un día me dijo: «No cambies. Sigue siendo tal como eres. En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte».

Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: «No cambies. No cambies. No cambies... Te quiero...».

Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y cambié.


(Anthony de Mello)

jueves, 30 de abril de 2009

Rocío

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Medio dormida aún en la cama grande y fría, con la sensación de que no voy a ser capaz de abrir los ojos ya nunca más, escucho el débil sonido del teléfono sobre la mesilla. Me inclino sobre él, y a duras penas consigo ver tu nombre escrito en la pantalla. Descuelgo y escucho tu voz. Suena despierta y dispuesta a darme, seguro, un poco de lo que tanto necesito.

Hoy me he dado cuenta de que, al igual que dicen de los niños y los borrachos, uno no es capaz de mentir en esos momentos de semi-inconsciencia que rodean al sueño. Son momentos especialmente vulnerables y, sin los trucos y trampas que utilizamos para ocultarnos lo que no nos gusta y darnos la apariencia que quisiéramos tener, pillamos sin querer a nuestra alma completamente desnuda, con cara de susto y sin darle tiempo siquiera a taparse con las manos.

Anda, sé bueno y no me preguntes nada comprometido ahora, que no podría mentirme ni a mí misma.

martes, 14 de abril de 2009

Como duele

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Te lo volví a repetir, congelando mi sonrisa en los labios para que no notases que se me habían ido las ganas de sonreir. Daba igual que tus ojos se fijaran en la absurda imagen de la tele que en los míos... siempre resultaban tan huecos como muda era mi voz para tus oídos.
Para cuando conseguiste saber, a la tercera repetición, qué era lo que te estaba diciendo, todo había perdido ya el sentido, y ni tú te reíste ni yo fuí capaz de no llorar.

-Nunca me escuchas. Es como si no te interesara lo que te digo... casi como si yo no estuviera en tu mundo - te dije después de luchar en silencio contra mis lágrimas y al fin conseguir vencerlas una vez más.

No es que esperase una respuesta concreta, quizá en ese momento ya no me atrevía a esperar gran cosa, pero sí es cierto que me pilló totalmente por sorpresa el sonido grave y susurrante que salió entonces por tu boca. Te miré creyendo que soñaba. Pero no... era cierto... te habías dormido.

sábado, 11 de abril de 2009

Amador

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Con un gesto impaciente le doy una última vuelta a la llave y empujo la puerta. Entro decidida al salón, y, sin siquiera quitarme el abrigo ni el bolso, me dejo caer sobre el sofá mullido mientras me quito con un solo gesto los dos zapatos y dejo descansar los pies sobre la suave lana de la alfombra.
Permanezco así unos minutos, recuperando el aliento, la paz, parte de la energía perdida en el caos que reina en la calle, más allá de estas cuatro paredes. Respiro tranquila mientras me empapo del olor de mi casa, de la vista amable de todas mis cosas, del arrullo protector del silencio de mi hogar. Sonrío serena y complacida. Mi silencio. Mi hogar

....

Fue así exactamente. El día que supe que te quería fue el día que pensé en ti y me sentí como en casa.

sábado, 4 de abril de 2009

Esclavos de la palabra

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Dejar una huella en la vida,
un rastro de agua eterna y manchada,
crear mundos imposibles para lectores invisibles,
llorar oraciones, construir lágrimas,

hacer al tiempo mágico testigo
del momento en que el puntero lame la página,
enturbiar un papel con símbolos
que significan todo sin ser nada,

inventar nuevos destinos:
alumbrar la noche, arropar a la mañana,
apreciar los sonidos que llenan el aire,
escapar de la materia, huir al alma.

Expresar con los dedos lo que el pecho se calla,
jugar con besos y caricias en criptogramas,
caminar sobre versos con las plantas descalzas,
dibujar pensamientos con líneas curvadas,

enredarse en sueños de rimas aladas,
sembrar con letras los fértiles campos de la mirada;
regar con tinta la tierra de las entrañas,
sentirnos felices esclavos de la palabra.

(T. Abad.
Publicado por Ayto. de Murcia
Creajoven´06.)

jueves, 2 de abril de 2009

Serena

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Camina en silencio por la acera, perseguida sólo por el sonido terco de sus tacones. Lleva en una mano unas bolsas del súper, y en la otra juguetea distraídamente con un manojo de llaves que ha sacado hace un momento del bolso. Son las dos de la tarde, seguramente vuelve del trabajo y se dispone a comer en casa después de unas compras de última hora. Nada hace presagiar sus pensamientos, nada hay que insinúe su ánimo, ningún atisbo de su alma nos desvela el más leve sentimiento.

Y, de repente, sonríe.

Sucede de un modo sorprendente, sin avisar, sin que nadie lo espere. Como un milagro aparece una increíble sonrisa en su rostro, un gesto tan auténtico, tan de verdad, que podría iluminar sin esfuerzo toda la calle.

Son estupendas esas sonrisas que se nos escapan sin querer cuando estamos a solas.

sábado, 21 de marzo de 2009

More than words

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Lo mejor de un lunes cualquiera no fue tu recibimiento, ni el café sobre la mesa de la cocina, ni la música de fondo, ni verte feliz, tranquilo, libre..., ni siquiera entender que estuviste el domingo pensando en mí.

Lo mejor de un lunes tampoco fueron los abrazos, ni los besos dulces, ni los más encendidos. No fue notar que temblabas al tocarme, que te levantabas con solo mirarme, escuchar el sonido de tu corazón bajo el algodón de la sudadera.

No fueron lo mejor tus ojos sosteniéndome la mirada, tus labios susurrando una canción, tus manos jugando con las mías, todo tu cuerpo cediendo por fin al impulso de actuar.

Lo mejor no fue que construyeses paréntesis mágicos a nuestro alrededor, o sonrisas verdaderas en mi cara. Ni asomarme al precipicio y sentir las ganas de saltar. Ni que me pidieses que saltase. Ni poder decirte que no.

En realidad, lo mejor de un lunes cualquiera fue no cerrar los ojos cuando me besabas, y guardar para mí el recuerdo de tu sonrisa a tan sólo dos centímetros de la mía, mientras nos separábamos sólo un segundo, justo antes de volver a empezar.

Eso sí fue lo mejor.
Un lunes cualquiera.

sábado, 14 de marzo de 2009

Leire

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Me había propuesto no volver a fumar más.
Estuve pensando en ello, y la razón y yo acabamos de acuerdo en que no es bueno para nadie que lo siga haciendo, que, aunque me guste, hago más daño que otra cosa con mi empeño de cada vez que doy la vuelta a la esquina y ya estoy pensando en encender otro cigarro, que no debo, que no es bueno, que hago mal.
Estaba decidido, lo haría también por ti, por los dos. No sería más egoísta, me volvería adulta y racional, sería fuerte y decidida. El embrujo del humo flotando frente a mí no me vencería ya más, podría con ello, yo ganaría esta vez la partida, no volvería a fumar más.

Me lo había propuesto firmemente, y me fui a casa. Iba con la cabeza alta, con la mirada firme, con el paso decidido, contenta con mi decisión, asombrada por mi entereza, descubriendo una nueva mujer bajo la antigua capa de dudas y miedos que estaba segura te gustaría mucho más.

Me iba a casa, sonriendo bajo mis gafas de sol, y al torcer la esquina mis pasos se detuvieron. Te juro que por mi mente no pasaba nada, un inmenso vacío quizás, mientras metía la mano en el bolso y, con un gesto maquinal, sacaba un cigarrillo que se volvía incandescente en mis labios al coincidir con la llama de mi mechero.
Aspiré el humo de la primera calada, y la sonrisa ya había desaparecido de mi rostro.
Debí haberme dado cuenta antes: aquí no manda la cabeza. Lo necesito.

sábado, 7 de marzo de 2009

Marta

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Abro levemente los ojos mientras oigo trastear a mi madre en la cocina. Me pregunto qué hora será, y sólo tendría que levantar la cabeza unos centímetros de la almohada para ver los números digitales del despertador, pero no lo hago, y me quedo con la duda. Quizá sean ya más de las 11, porque no oigo la voz grave de mi padre, que siempre sale a esa misma hora para reunirse con sus amigos del centro social. En todo caso, qué importa. Nada cambiará para mí por ser una hora u otra, todas son iguales, agotadoramente iguales, como una sucesión infinita de hermanas clonadas que desfilan delante de mis ojos con la misma sonrisa absurda que me recuerda el poco sentido que tiene la vida. Mi vida.
He despertado con un brazo por encima de las sábanas, dejando al descubierto también mi hombro desnudo, y empiezo a sentir frío. Podría meterlo fácilmente bajo el edredón, y quedarme calentita un rato más en la cama, pero no me muevo, y me quedo con el hombro al aire, notando la piel cada vez más fría. Total, para qué. Tampoco estaría agusto con todo el cuerpo bien tapado, no es una cuestión de temperatura el mal que a mí me asola.
Ahora que mi mente ya está despierta del todo, cae sobre mí como una losa la terrible oscuridad de siempre, la enorme tristeza de todos los días, la inacabable soledad que no está a mi alrededor, como es lo normal, sino que sale de dentro de mí, de lo más profundo de mi alma, si la tuviera. Me siento vacía, tremendamente vacía, hueca, y muy cansada, agotada sólo con pensar en mover el más mínimo músculo de mi cuerpo... tanto que ya ni quiero imaginar el esfuerzo que me podría suponer salir de esta habitación y enfrentarme al mundo, a los ojos de la gente, tener que hablar, que comer, que respirar...
Siento los ojos hinchados de la noche anterior y recuerdo que he estado llorando hasta bien entrada la madrugada, hasta que esa pastilla que en mi desidia había olvidado tomar me hizo por fin efecto y quedé atrapada en un limbo extraño de sueño sin sueños que más parecía una pequeña muerte pasajera.
Aún así, parece que no se han cansado, y noto el escozor de las lágrimas abriendose paso por mi interior hasta alcanzar la pequeña salida por la que pretenden escapar todas a la vez... tan mal se debe vivir allá dentro. Y lloro. Otra vez. Desconsoladamente. Sin motivo. Sin ganas de parar nunca.
Lloro.
Y todavía no ha empezado el día.

jueves, 5 de marzo de 2009

Jueves 11 de marzo

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Hay historias que acaban incluso antes de empezar, y eso las hace tremendamente tristes.

jueves, 26 de febrero de 2009

Angustias

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Aunque ya hacía unos segundos que había dejado de moverse, seguí apretando con la misma fuerza, presa ya de una especie de locura que se había desatado en la lucha encarnizada que acabábamos de mantener. Me vi los brazos, teñidos de rojo por una sangre que no estaba segura de dónde provenía. Seguían tensos alrededor de su cuello, con un mapa de venas hinchadas surcando todo el antebrazo, como si no acabasen de creer (ellos tampoco) que, por fin, eran los vencedores de la cruel batalla.
Cuando conseguí soltarlo, me dejé caer a su lado, sentada como pude, con el corazón galopando desaforado en el pecho y martilleándome las sienes, con el pelo sudado pegado a la nuca, tratando de contener una respiración que sonaba tan fuerte que parecía de otro.
Pero no podía ser de otro, allí sólo estaba yo. Había conseguido matarle. El Sr. Impulso al fin había muerto.

Sólo había comenzado a esbozar una leve sonrisa de triunfo mientras me frotaba la sangre de las manos, cuando oí un extraño ruido en la otra habitación. Levanté la cabeza al instante con el horror pintado en el rostro aún desencajado por el cansancio de la pelea. No podía ser.... pero lo era. El llanto de un niño. Inconfundible. Otro Impulso acababa de nacer. Dios, aquello no terminaría nunca....

domingo, 22 de febrero de 2009

Jose

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Me lo encontré sentado a la puerta del súper, a medio camino entre mi casa y la estación de autobuses.
Llevaba ropa vieja, sucia y rota, y un aspecto desaliñado muy acorde con la tarea a la que se encontraba entregado.
Tenía el pelo muy largo y enmarañado, una barba larga y sucia, muy descuidada, botas rotas y desgastadas. Llevaba unos extraños mitones que le daba un toque un tanto anacrónico, quizá incluso romántico, como si fuese un personaje de un cuento de Dickens.

Pedía limosna, sí, pero su gesto no era triste.
Miraba a su alrededor con naturalidad, asomando su alma a unos ojos increíblemente azules, y vivos, y con muchas ganas de reir.
Estaba sentado con ese gesto natural y distraído, como quien no quiere la cosa, como demostrando que pedir no es ninguna indignidad para él, como defendiendo el papel que le había tocado desempeñar y queriendo mostrar su cara más alegre a un mundo que ya es bastante gris incluso para el que lo tiene todo. O quizá en especial para el que lo tiene todo.

A mí me conmueve enormemente la brillantez de algunas personas. Ese toque de genialidad que descubro a veces en los demás y que me hace admirar lo que pueden ser capaces de crear sus mentes. La imaginación me conquista, no lo puedo evitar.

A sus pies aquel hombre había colocado una libreta de tamaño cuartilla, abierta como una tienda de campaña, y en ambos lados de la misma podía leerse la misma frase, escrita cuidadosamente, sin faltas de ortografía, con letras adornadas y coloreadas a mano, con buen pulso y mejor gusto.
Decía, simplemente,: "Los ricos no van al cielo".

No sólo fue el atisbo de genialidad que desvelaba ese gesto, sino que además fuese unido a cierto toque de rebeldía, como si no sólo quisiese pedir, sino lanzar también su discurso al mundo, aprovechar para reirse de él, burlarse con ironía de todo lo absurdo que nos rodea.

No me pude resistir, y, mientras él aguantaba con una sonrisa paciente la reprimenda de un señor mayor que también había leído su mensaje, me volví para rebuscar en mi bolso algo para darle.

Cuando lo encontré y le tendí la moneda, me miró, aliviado de haberse librado del agraviado viandante, y la cogió mientras me decía, sin perder un segundo la sonrisa y esos ojos juguetones, "gracias, guapa. Cásate conmigo y me harás muy feliz".

Nos reímos los dos de la ocurrencia, y seguí mi camino al trabajo con la extraña sensación de que la vida era realmente menos complicada de lo que siempre me había parecido.

Le había dado 1 euro, y pensé que habría merecido mucho más, por regalarme dos sonrisas a esas horas de la fría mañana. El mejor complemento que podía lucir para comenzar un día como aquel.
Quizá hubiera podido darle más, y a punto estuve de dar la vuelta para hacerlo, pero decidí dejarlo así... a fin de cuentas... ¿quién quiere ir al cielo?

sábado, 14 de febrero de 2009

Sofía

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Demasiados sanvalentines desde que él se fue.

No pasó tu vida por delante de tus ojos en el último suspiro, no te aferraste obstinadamente al aliento que te quedaba cuando sentiste acercarse el reflejo de una guadaña, no dedicaste un último pensamiento a quienes ocuparon tu corazón durante tantos años, no tuviste miedo, no dijiste adios, no miraste atrás ni un sólo momento, como si ya hubieras comenzado el viaje hace más tiempo del que imaginamos...

Y mientras cruzabas hoy la ciudad, esparcida por el aire húmedo y silencioso de la noche a dos metros sobre el coche que llevaba lo que te dejaste aquí, tú misma pudiste ver cómo cientos de corazones, rojos, apasionados, vivos, te decían adios atrapados y mudos tras los escaparates de las calles que te salieron a despedir.

Demasiados sanvalentines sola.

Déjame que te imagine bailando por fin con él, juntos y jóvenes y en blanco y negro, como en aquella foto que un día me enseñaste con los ojos teñidos de nostalgia.
Déjame que te recuerde con esa misma sonrisa inmensa iluminando tu cara.

Baila, y ríe, Sofía, y no pienses nada más, que el tiempo se detuvo por fin para ti el 14 de febrero.

lunes, 9 de febrero de 2009

Arturo

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Arturo no se ríe si no es por algo muy especial.
Tiene la frente marcada con un complejo entramado de surcos, más profundos cada año que pasa, surgidos de ese deliberado esfuerzo por contener la risa, por hacer parecer a su rostro siempre grave y solemne. Siempre serio.
Sus labios se hallan permanentemente constreñidos en un gesto de tensa contención, haciendo su boca absurdamente pequeña a la vista y sus labios finos y en ocasiones teñidos del extraño color blanquecino que les provoca el aumento de presión que ejerce sobre ellos cuando de pronto encuentra algo que le desagrada.
Su nariz suele estar también arrugada, en un gesto que parece como si a su alrededor siempre oliese mal.
Sus manos tienen la costumbre de ir crispadas, enroscadas una a la otra sobre su prominente barriga, pero no en relajado reposo ni jugueteando para entretenerse, no. Siempre sujetándose con fuerza mutuamente, como si echasen un pulso silencioso del que no descansan jamás.

Arturo camina recto y solemne, con la espalda tan erguida que parece inclinada hacia atrás, con los hombros tan rectos que cualquiera diría que se ha podido dejar puesta la percha en su impecable chaqueta americana. Avanza lento y parsimonioso, con la mirada fija en el frente y el cuello estirado, casi como si fuese la imagen altiva e imponente de una procesión, llevada en alzas por 20 esforzados penitentes de la cofradía de la Santísima Seriedad.

Por eso me sorprendió aún más cuando el otro día le encontré en el parque, sentado en un banco leyendo el periódico con una ceremonia tal que más bien parecía estar redactando una nueva versión de la Constitución, por lo menos, y mi sobrino de 3 años interrumpió de pronto su lectura para enseñarle el nuevo reloj digital con luz y alarma que lucía orgulloso en su diminuta y rechoncha muñeca.
Antes de que yo pudiera lanzarme sobre él, asustada por la posible reacción de tan mal escogido interlocutor, Arturo le miró, iluminado de pronto por un resplandor extraño que jamás le había visto, y se interesó durante unos minutos por el funcionamiento de semejante prodigio de la tecnología, dirigiéndose al niño con una voz suave y tierna que no parecía posible que procediese de su garganta.

Cuando mi sobrino, el hacedor del milagro que acababa de presenciar con mis propios y atónitos ojos, se dio la vuelta corriendo y desapareció entre la marabunta de niños que gritaban con los bocadillos en la mano, Arturo me miró con su cara grave y seria de siempre para darme las buenas tardes.
Pero en sus ojos aún quedaba un resto de travesura, de alegría infantil, en forma de brillo especial.
De hecho, algo en su mirada parecía estar pidiendo ayuda.
Algo detrás de esa estudiada pose.

Y después, Arturo, sin más, con su habitual gesto adusto, continuó leyendo el periódico, mientras yo me alejaba, extrañada, inquieta, mirándole aún de reojo sin poder entender nada.