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Anselmo

El tío Anselmo se agarraba siempre la barriga cuando reía. Él decía que era por si salía una carcajada más fuerte y se le escapaba un puñado de metralla que aún guardaba de cuando la guerra. Yo no sabía si creerle mucho, pero siempre contaba cómo había llegado a un hospital de campaña con medio intestino fuera, y que como no había tiempo, una enfermera se lo había metido como había podido y le había bordado encima una flor. Como al final parece que funcionó el apaño, el médico dijo que mejor dejarlo así, y mi tío le pidió en matrimonio a aquel ángel de la guarda con cofia y delantal impolutos que hacía milagros con la prisa y las manos. Claro, siempre había quien le preguntaba por la flor, desencantado al ver bajo la camisa sólo una triste cicatriz hundida y arrugada como un cráter de la luna, y él contestaba siempre que se le había caído con la pena cuando la enfermera le dijo que no.
Yo me pasaba horas repasando con mi tío Anselmo cada una de las cicatrices de su viejo…

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