Horacio

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Seguía esperando agazapado entre los arbustos, procurando no hacer ni el más mínimo ruido que le pudiese delatar, conteniendo incluso la respiración por momentos, y sintiendo el corazón agitado por la emoción. Estaba seguro de que esta vez lo atraparía.

La rodilla que tenía hincada en el suelo se iba humedeciendo por el rocío acumulado sobre la hierba, y tuvo que intentar cambiar el punto de apoyo un par de veces, por si el pie se le acababa por dormir y daba al traste con su plan impidiéndole saltar con agilidad cuando llegase su presa.

Bastaron unos minutos más, y por fin apareció. Era más pequeño de lo que esperaba, pero igual de despreciable. Pequeño, feo, vulgar, un poco torpe incluso... aquel era el perro que había conseguido burlarle cada mañana y entrar en su jardín a campar a sus anchas. Horacio torció el gesto mientras sentía una intensa punzada de desprecio en su interior.

El perro era efectivamente más bien pequeño, tenía una de aquellas absurdas mezcla de razas que vuelve vulgares a los de su especie, y aquella además era especialmente poco favorecedora, si es que alguna no lo es. Tenía las patas demasiado cortas, casi no tenía cuello, el pelo era ralo y sin brillo, y la cola era una ridícula extensión de sus cuartos traseros, pequeña y gorda como una salchicha mal enrollada. Y aquella cara de ratón inmundo, de ojos saltones y hocico fino que siempre andaría hundiendo en alguna mierda....

Pero este era, por fin, el día en que acabarían sus andanzas de perro vagabundo, apestoso, maloliente y descarado. Hoy acabarían sus victorias, esas que él tenía la desfachatez de firmar con un hediondo mojón en su entrada, o con un pequeño hoyo en su césped. Ya no volvería jamás a mearle el rosal, ni a jugar con una pelota de su nieto, dejándola pinchada al clavarle sus dientes de asquerosa rata de alcantarilla.

Nunca más en su jardín. Jamás por encima de su voluntad. Faltaría más.

Cuando el perro hubo dado un par de vueltas de reconocimiento y se encontraba ya seguro en el terreno de sobra conocido, Horacio alzó la rodilla del suelo, ya con un surco mojado en la pana del pantalón, y elevó el trasero para adoptar la postura del corredor en la línea de salida.

No oía más que su corazón y aquella respiración entrecortada que parecía ser de otro.

El perro se dió la vuelta para juguetear con un pequeño mato junto al muro, y comenzó a escarbar en la tierra húmeda un hoyo junto a otro, muy poco profundos, como si realmente no tuvieran un objetivo concreto más que el de entreternerse en algo.

Horacio sintió cómo una oleada de ira le invadía por dentro, apretó los dientes, y decidió, más que nunca, que aquel era el momento de ponerle fin a aquello. Saltó de detrás del arbusto con la agilidad y la rapidez de un lince, y el perro apenas tuvo tiempo de volver la cabeza para ver a ese hombre enorme que se avalanzaba sobre él con la cara enrojecida, los dientes apretados, y sujetando en el aire con ambas manos un enorme palo.

Cuando hubo terminado con el enemigo, descargando toda su ira y su frustración en cada golpe dado con tremenda fuerza, Horacio se paró un momento a obervar el resultado de su obra. Con la cara sudorosa, el pelo revuelto, y la respiración aún acelerada, sonrió triunfante recordando cada aullido que le había arrancado a aquel maldito animal que jamás volvería a molestarle en su casa. Ni en la de ningún otro. "Un hombre siempre debe defender lo que es suyo", pensó complacido, sacudiéndose las manos una contra otra después de tirar el palo ensangrentado sobre aquel cuerpo inerte y destrozado.

Mientras se daba media vuelta para volver a la cocina, de donde había empezado a salir un delicioso olor a café recién hecho, sólo le quedaba ya una preocupación... ¿ahora, quién recogería todo aquello?

Comentarios

NáN ha dicho que…
Joder, Leg. Me he quedado impactado.
Para mí (interpretar es gratis y un acto personal), ese perrillo representa a los pobres del mundo, a las legiones de desocupados, que no tienen jardín y la necesidad les obliga a entrar a veces en jardín ajeno. Donde se les mata como a perros.

¿Sabes?, casi siempre visto de negro y cuando me preguntan por qué respondo que por la misma razón que lo hacía Johnny Cash: "Por los pobres del mundo a los que que colocan con las manos contra una pared y a quién le importa".

Meterte así en la mente de uno de los matadores me parece muy bueno.
Deprisa ha dicho que…
Qué cruel. Sé que estas cosas pasan, pero no por ello deja de ser cruel. Un excelente retrato de lo cotidiano, no hay duda.
KI ha dicho que…
Ahora quien recogería toda la sangre esparcida...
Marta María López ha dicho que…
Me gustan los relatos con un toquecito de crueldad!

Saludos.
Leg ha dicho que…
Nán, claro que vale el símil.

Pero en el caso que tú pones y en el que describe el texto, mi teoría es que el ser humano, salvo patología, es cruel cuando piensa que tiene motivos, cuando se ve cargado de razón.

A mi modo de entender la maldad no es gratuita, y nadie disfruta con ella por sí.

Creo firmemente que, a pesar de los pesares, el ser humano sigue siendo bueno por naturaleza.

Lo que pasa es que a veces está muuuuuuuuuuuuuuy equivocado.

Saludos a todos ;-)
Onminayas ha dicho que…
Tremendo... He vivido contigo un corto de dibujos animados de lo más bestial.

Un saludo.

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