Rocío

.
Medio dormida aún en la cama grande y fría, con la sensación de que no voy a ser capaz de abrir los ojos ya nunca más, escucho el débil sonido del teléfono sobre la mesilla. Me inclino sobre él, y a duras penas consigo ver tu nombre escrito en la pantalla. Descuelgo y escucho tu voz. Suena despierta y dispuesta a darme, seguro, un poco de lo que tanto necesito.

Hoy me he dado cuenta de que, al igual que dicen de los niños y los borrachos, uno no es capaz de mentir en esos momentos de semi-inconsciencia que rodean al sueño. Son momentos especialmente vulnerables y, sin los trucos y trampas que utilizamos para ocultarnos lo que no nos gusta y darnos la apariencia que quisiéramos tener, pillamos sin querer a nuestra alma completamente desnuda, con cara de susto y sin darle tiempo siquiera a taparse con las manos.

Anda, sé bueno y no me preguntes nada comprometido ahora, que no podría mentirme ni a mí misma.

Comentarios

Gemma ha dicho que…
Bueno, Rocío, la sinceridad puede ser buena en ocasiones. Nos expone ante el otro hasta el punto de mostrar al desnudo nuestros puntos débiles. Pero lo que se pierde en debilidad queda compensado por la autenticidad del que se entrega tal cual es. Como si fuéramos de nuevo niños.

Un abrazo
NáN ha dicho que…
Yo creo que la sinceridad debe entregarse, no ser sorprendida. ¡Dile que no coja el teléfono hasta haberse duchado!

Entradas populares